Crónicas Perrunas: Una nueva esperanza

Aprovecho que mis dos cuidadores están reventados de ir de caminada y duermen profundamente para escribir mi segunda entrada. Creo que a partir de ahora los llamaré él y ella, o ellos, que es más sencillo.

Foto de Coco en el campo

Apenas recuerdo ya el día que salí de aquella tienda, mi cerebro mantiene guardados impulsos y vagos recuerdos del momento, me estoy haciendo mayor, pero conservo flashes de aquella jornada tan lejana ya en mi memoria.

Me sacaron del transportín donde había vivido las ultimas semanas por ultima vez, noté cierta tranquilidad por quitarse un problema de encima y quizás por eso me trataron un poco mejor. Me asearon un poco y prepararon mi documentación básica.

Llegó el momento, él entró por la puerta, yo lo miraba constantemente. Me pusieron
un arnés, él recogió unos papeles y tiró de mi por primera vez. He de aclarar que esa fue una de las pocas ocasiones en que esto fue así, en adelante una de mis características perrunas es ir tirando de ellos todo el rato. No deben apenas acordarse de qué es ir sin mi ímpetu tractor ejerciendo a pleno rendimiento. Aunque bien es cierto que de un tiempo a esta parte comienzo a ceder presión porque ya no tengo tanta fuerza y me canso mucho más fácilmente, aunque ya llegaremos a eso.

Se abrió la puerta, salté a la acera y fui libre. En aquel momento dudaba pero esa era la ultima vez que veía a aquella gente de la tienda. Más tarde les oí hablar a ellos y supe que habían cerrado y desaparecido del barrio. Esta feo, pero me alegré.

¡La calle me encanta!

Reconozco que me asustaron algunas cosas y me senté unas cuantas veces de puro miedo. Él se acercó a mi todas las veces, me acariciaba y tiraba suavemente de la correa para hacer que levantase el culo del suelo. Después de los primeros cinco minutos comencé a caminar reconociendo a golpe de olfato lo que sería mi primer barrio durante los siguientes años. Allí aprendí a meterme en todos y cada uno de los huecos de los árboles que había plantados en todas y cada una de aquellas calles que rodeaban el templo de la Sagrada Familia de Barcelona.

Aquellas calles vieron como aprendí a hacer pipí y caca fuera de casa. Que fiestas me hacían ellos cada vez que aligeraba peso en la calle, de eso si me acuerdo. En apenas unas semanas me hice a aquella rutina y dejé de hacerlo en casa.

Después de callejear un rato llegamos a la entrada del edificio de la que iba a ser mi nueva casa. Entramos y fuimos al ascensor. Recuerdo que verme metido en un espacio tan pequeño me hizo aflorar el miedo por unos segundos, pero todo se deshizo en unos segundos al llegar a la cuarta planta. Salimos de aquel cajón y nos plantamos delante de la puerta uno. Él picó al timbre.

Al abrirse la puerta pude ya otear lo que iba a ser mi casa. Y la vi a ella por primera vez. Alta, delgada, impresionante melena que me recordó a un bobtail rechoncho y juguetón con el que compartí escaparate hacía unas semanas. Se llevó las manos a la cara, me habló muy suave, me dijo un ‘Hola’ emocionada a la vez que se apartaba para dejarme entrar en mi nuevo hogar.

Aquello no estaba mal. Mucha luz del día, un pequeño balcón (espero que no pretendan hacerme dormir ahí, pensé) y varias habitaciones. Me observaban, yo comencé a curiosearlo todo, me metía en todas partes pero no me alejaba demasiado de ellos, por si acaso. Me porté bien, por nada quería que me devolviesen a aquella tienducha de mala muerte de la que acababa de salir hacía apenas media hora.

Ahora, pasados estos 11 años, puedo decir que me entiendo bastante mejor con ella que con él, pero también debo reconocer que él se esfuerza en comprenderme. La mente de un cocker es un hervidero de ideas y nuevos impulsos que surgen de forma espontánea y chisporroteante, es difícil que un humano pueda comprender eso. Básicamente porque un humano es un humano y un cocker, pues un cocker.

Al llegar la noche tuve miedo. En la oscuridad recordaba a mis hermanos y hermanas de los que me separaron, el cariño de mi madre cuando evitaba que me despegase del grupo. De repente un día me separaron de todos, no he vuelto a verlos nunca más y aún hoy, que apenas recuerdo sus caras, sigo pensando en qué habrá sido de sus vidas. Tuve miedo y comencé a gimotear, ellos encendieron la luz y me miraron, cogieron mi cojín y lo pusieron a los pies de la cama, me hicieron un gesto que era incofundible.

Di un brinco y me subí a mi cojín, me acomodé cual pescadilla que se muerde la cola y me dormí agotado. Había sido un día intenso y lleno de emociones. Mañana más.

Al final hay esperanza para este perro, una nueva esperanza. Esto de ‘una nueva esperanza’ es un guiño ‘friki‘ (no comprendo el concepto de ‘friki‘ pero a él le divierte oírlo cuando se lo dicen) a algo que llaman películas, pero que no acabo de pillar. Ahí como tontos mirando una caja de luz. En fin, humanos.

Como siempre he escrito esta entrada de madrugada, ellos duermen. Volveré para contar más cosas.

Me llamo Coco, soy un perro, y existo.

3 opiniones en “Crónicas Perrunas: Una nueva esperanza”

  1. Me parto con estas entradas tuyas jajajaja
    Mucha razón con lo de “No deben apenas acordarse de qué es ir sin mi ímpetu tractor ejerciendo a pleno rendimiento”. Yo tampoco recuerdo lo que es y solo tiene 6 años!!

  2. Hola Júlia.

    Ojo, que yo en esto ni pincho ni corto… me levanto por la mañana y me encuentro la entrada publicada. Se aprovecha el tío de que estamos cansados y toma posesión del portátil sin piedad.

    En cuanto al tema de los tirones hemos conseguido aplacarlo un poco a base de ser más cabezones que él y no dejándole pasar ni una, pero con 11 años y 2 meses que tiene sigue ejerciendo una fuerza fuera de lo común para estar tan viejuno. También la edad influye algo, pero no tanto como pensábamos que iba a hacerlo.

    Lo queremos mucho, pero a veces saca lo peor de nosotros.

    Sigue atenta porque me temo que esto no se acaba aquí… me mira a hurtadillas y sospecho que volverá a escribir.

    Gracias de nuevo por la visita.

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