Crónicas Perrunas: No podría vivir en la casa de ‘Los Otros’

Al abrigo de la madrugada me siento de nuevo frente al teclado mientras ellos duermen para contar más cosas de mi vida de perro.

Para entender esta entrada os daré, en forma de cita, una de las máximas que dirigen mi vida:

Si estoy dentro quiero salir, y si estoy fuera quiero entrar

Esto es así, lo siento pero va en mi naturaleza. Para mi sería imposible vivir en la casa de ‘Los Otros’ porque eso de que se tenga que cerrar una puerta antes de abrir la siguiente, no va conmigo.

Coco descubriendo el campo

Mi mente perruna me dice que esto puede ser un viejo trauma de mis días metido en un transportín en aquella oscura tienda, pero como solo soy un perro no pienso quitarles trabajo a muchos psicoanalistas argentinos.

Los primeros días en casa fueron excitantes. Todo era nuevo. El piso no era muy grande pero tenía tres habitaciones, un baño, cocina, comedor y balcón por donde meterme, sin restricciones.

Repito, todo era nuevo. Para todos.

Ellos trataban de adaptar sus vidas a la novedad que yo representaba y yo, bueno, yo me lo pasaba bomba. Era un alegre y despreocupado cachorro de cocker spaniel inglés con avidez de saberlo y explorarlo todo.

Otra de las fijaciones de mi vida son los sofás, allá donde exista uno y se de un despiste, estaré yo subido. Bueno subido o retozando como cerdo en su lodazal. Esto también es así.

Debido a esto recuerdo una tarde en que, para evitar mi inevitable retoce de sofá, me dejaron encerrado en el lavabo durante un par de horas en las que ellos tenían que salir. Me puse nervioso, me entraron ganas de todo, pero cuando digo de todo quiero decir de todo. Así que sin cortarme un pelo adopté posición de compuertas abiertas y parte de mi, en forma de churro, aterrizó sobre la toalla que me habían puesto para tumbarme.

Vaya problema ¿Ahora dónde me tumbo? Pues en la toalla ¡Claro!

Al llegar ellos casi se mueren, su precioso cachorro de 3 meses rebozado parte en toalla y parte en sus propios excrementos. Ya os podéis imaginar el olor.

Bronca, sal de aquí, limpiar con lejía todo el cuarto de baño, baño forzado de servidor. En fin, una fiesta.

Poco a poco todos nos acostumbramos a convivir y las cosas se estabilizaron. Aprendí a hacer ‘mis cosas’ en la calle, también aprendí a quedarme solo sin montar un escándalo, bueno, a veces se me iba eso de la cabeza y me daba por pegar cuatro ladridos de queja por dejarme solo o darle unas rascadas a la puerta por si, por aquellas cosas de la vida, se abriese de forma mágica.

La magia no existe, os lo adelanto.

Nuevas sensaciones vinieron a mi: ir en moto, descubrir el campo, correr en libertad, piensos de deliciosos sabores. Era el protagonista.

Todo transcurría más o menos plácidamente hasta que todos en casa comenzamos a escuchar aquellos misteriosos lamentos. Bueno, para mi eran misteriosos porque no sabía de dónde venían, pero ellos parecían tener muy clara la procedencia.

Cuando se escuchaban ellos salían siempre al balcón, hablaban entre si, cuchicheaban ¿No querían que me enterara?

No sabía entonces que se fraguaba un nuevo cambio temporal que me traería compañía a mi solitaria vida de perro de ciudad cosmopolita.

Una tarde, de repente, ella se marcha de casa. No pasaron más de 20 minutos cuando al abrirse la puerta reaparece con un cachorro negro azabache ocupando los brazos y caricias que hasta ahora solo habían sido míos ¡¿Qué pasa aquí?!

Lo acercan a mi hocico.

– Coco, éste es Miko. Tu nuevo compañero, al menos por ahora.

Pasada la conmoción, en la tranquilidad de la noche, pude hablar con Miko (sí, los perros hablamos entre nosotros) y supe su corta pero triste historia.

Miko tenía dos meses y era el propietario de los lamentos perrunos que escuchaba cada día. Al parecer lo dejaban en un estrecho balcón casi toda la jornada porque no querían tenerlo dando vueltas por el piso, esto no lo entiendo porque entonces ¡¿Para que lo meten en casa?! Los humanos están locos cuando hacen estas cosas sin sentido.

Aquí os dejo una foto de Miko.

Miko al llegar a casa

Todavía era muy pequeño, solo tenía 2 meses y su única manera de llamar la atención era dejando ir aquellos lamentos de tristeza que escuchaba todos los días.

Me contó Miko que ella se presento en casa y mintió a sus cuidadores diciendo que se iban a mudar a vivir al campo y que como veían que el perrito estaba todo el día en el balcón encerrado, igual nos lo regalaban porque les gustaba mucho y así también harían compañía al que ya tenían.

Tan desesperados estaban de deshacerse de Miko que apenas 20 minutos después ya lo teníamos entre nosotros. Y en aquel momento no lo sabía pero durante el tiempo que estuvo en casa fue una de las épocas más divertidas de mi vida. Pasábamos todo el día jugando, carrera arriba, carrera abajo, nos mordíamos y saltábamos por toda la casa. Una delicia.

Escuchándolos hablar a ellos supe que aquello tenía fecha de caducidad. Habían sacado a Miko de aquella casa porque temían que fuese a morir en aquel minúsculo balcón, pero la idea era buscar un hogar decente y unos cuidadores adecuados para Miko. Eso me entristeció, pero decidí disfrutar a tope de su compañía mientras compartiésemos cojín y tazón.

Son más de las 4 de la madrugada, tengo sueño y hace frío así que os dejo hasta la próxima entrada.

Me llamo Coco, soy un perro, y existo.

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