Desde hace cuatro meses vengo sufriendo un dolor lumbar que ha ido creciendo hasta obligarme en noviembre de 2009 a visitar a mi médico de cabecera. Tras examinarme y hacerme distintas pruebas in situ me receta de Diclofenaco al canto, tratamiento para 10 días y me envía para casa.

House, o como estar jodido y que no te ayuden
El tratamiento apenas tuvo ningún efecto, los primeros días sentí algo de alivio pero el dolor persistía. Así pues el médico de cabecera me envía al traumatólogo en Granollers para que me examine… esto fue a principios de diciembre de 2009 y la visita tocaba hoy 3 de febrero de 2010. Si me duele que me tome un ibuprofeno me dice.

En este lapso de tiempo el dolor ha ido aumentando, hasta tal punto que apenas aguanto 10 minutos caminando, me tengo que sentar porque el dolor se hace insufrible.

Así que esta mañana, a las 6:50 horas, cayendo una helada del quince, me meto en mi cafetera previa limpieza del hielo del parabrisas y allá que me dispongo a recorrer los 20 kilómetros que separan mi Aiguafreda querida de Granollers.

Llego a eso de las 7:35 a la puerta del ambulatorio, abren a las 7:55 y yo tengo visita a las 8:00, así que en lugar de quedarme pajarito en la puerta, como otros que ya hacen cola y bailan la lambada de la rasca que pega, me voy a dar una ronda por La Porxada que queda al lado… teniendo que sentarme al rato porque el dolor me estaba matando.

Regreso a la puerta del ambulatorio, ya hay un montón de gente esperando, mis lumbares piden de nuevo a gritos sentarme y lo hago hasta que pocos minutos después abren y todos corremos como polluelos en busca de calor maternal al interior del edificio.

La secuencia de lo sucedido puede ser esta:

7:57 h – En información me envían donde me corresponde
7:59 h – Me siento en la sala de espera
8:03 h – Sale un chaval de la puerta 5, la mía
8:03 h – Le sigue la enfermera, llama a otro paciente (no responde)
8:04 h – Pronuncia mi nombre, al lío
8:05 h – Estoy sentado, entra el doctor (* KitKat)

(* KitKat) Es un tipo alto, debe rondar los 60 años, barba, gafapasta y cara de pocas coñas y pocos amigos. Me mira levemente… aún no lo se, pero esto es todo lo cerca que estará de mi her doktor. Me pide las radiografías que me hice en su día.

8:06 h – ¿Qué le pasa?
8:06 h – Le explico
8:07 h – Me hace un par de preguntas
8:08 h – Me hace levantar “¿Dónde le duele?”
8:09 h – Me levanto y le indico
8:10 h – De repente todo da vueltas a mi alrededor (*)

(*) Me veo de nuevo en la sala de espera, sin saber cómo tengo dos recetas en mi mano, las radiografías, una orden para que me pongan unos inyectables y un papelico por si me duele de nuevo que acuda en un mes sin tener que pedir hora de nuevo.

Estoy en la calle a las 8:11 horas, he estado dentro del ambulatorio exactamente 14 minutos… ¿cuatro meses de dolor para 14 minutos en un ambulatorio?

Regreso a por mi coche cafetera y para casa. Al llegar desayuno algo y de cabeza a la farmacia, duele. Una receta es de unos sobres, Enantyum 25 mg (un sobre cada 12 horas), y de unos inyectables, Inzitan 2 ml (6 ampollas, una cada 24 horas), de aplicación intramuscular. Pago los 12,50 euros que me pide la señora de la farmacia.

Cruzo la calle y me dirijo al ambulatorio de mi pueblo para entregar la orden que les permitirá asaetearme el culo durante 6 días… me dicen que puedo ponerme la primera ampolla hoy mismo a lo que respondo afirmativamente, a eso de las 13 horas (practicante de 13:00 a 13:30 horas) me paso y empezamos la fiesta de la aguja.

El quid de todo esto se encuentra en los sobrecitos, a las 12 en punto me preparo el primero, sabe a limón… con ese regustillo a medicamento que todos conocemos pero enmascarado por el limón.

En apenas media hora ¡¡¡ EL DOLOR HABÍA REMITIDO EN UN 80% !!!

Fui a inyectarme sin sentir dolor, mas que una ligera molestia. He estado sufriendo durante cuatro largos meses lo que han dado en llamar “lumbalgia aguda” cuando unos simples sobres hubieran acabado con el dolor de forma casi inmediata.

Con esta entrada no digo nada, pero espero decirlo todo.

Actualización a 6 de diciembre de 2014 (El desenlace)

Han pasado cuatro años desde que escribí esta entrada, y también muchas otras cosas, pero voy a centrarme en la terrible lumbalgia que sufrí y que hoy, gracias a un médico de verdad, he solucionado. Tenía entonces 41 años y hace apenas unos días cumplí los 45.

El dolor regresó, el alivió duró lo que el efecto de la medicación. Una vez que los efectos de todas las porquerías que me recetaban se desvanecían, el dolor regresaba con la misma intensidad. Hubo días en los que era tan intenso que incluso me mareaba, sentía una desesperación absoluta porque los médicos, a los que acudí de nuevo en varias ocasiones, siempre hacían lo mismo: recetar medicamentos, pero no buscar la causa del dolor.

Los medicamentos funcionaban pero me mantenían medio “zombi” las 24 horas del día, la cabeza embotada, lento de reflejos, en fin, un desastre.

Un día recordé algo, algo que me llevaría a la solución pero aún no lo sabía. Entre mis clientes había un médico de prestigio que trabajaba en una institución también muy reconocida en Barcelona dedicada a los traumatismos, el intenso dolor me hizo descolgar y llamar, contarle mis penas. El doctor me citó en el hospital donde pasa consulta (concertado) y me sometió a distintas pruebas físicas, pruebas que los anteriores doctores no me hicieron nunca, y finalmente llegamos a la definitiva que llevaría al diagnostico final: una resonancia magnética.

Solo una resonancia y un médico completamente implicado en su labor bastan para acabar con el dolor de una persona ¿por qué los médicos de la salud pública se niegan en redondo o acceden a base de amenazas a prescribir una resonancia magnética? Las máquinas son nuestras, las hemos pagado con nuestros impuestos ¿a qué viene tanta resistencia a su uso?

El resultado fue la detección de una pequeña protusión ubicada entre las lumbares 4 y 5 de mi columna vertebral, según me explicó podía ser el paso previo a una hernia discal, pero que podía evitarlo ¿con medicación? ¿con cirugía? ¿con unos pases mágicos? Pues no, con algo tan sencillo como hacer deporte, si señores, ni Inzitan, ni Enantyum, ni Diclofenaco, DE-POR-TE. Así de sencillo.

Lo primero era perder los 6 o 7 kilos que me sobraban, estar en tu peso es fundamental. Luego hacer un deporte que refuerce todos los músculos de tu cuerpo, haciendo especial hincapié en los de tu espalda y todos los que están de cintura para arriba. El deporte rey en estos casos es la natación, tiene muy poco impacto y ejercita todo el cuerpo… topé entonces con mi asignatura pendiente: aprender a nadar.

Como no quería perder tiempo comencé a comer un poco más equilibrado, perdí esos kilos de más y salí a correr tres veces por semana, una hora por sesión. También me puse a hacer ejercicios destinados a reforzar la musculatura de cintura para arriba… apenas un mes después el dolor había casi desaparecido y mi salud mejoró mucho.

Sigo haciendo ejercicio y manteniéndome en mi peso. Corro, hago senderismo y ejercicio en sala de maquinas, esto me ha salvado de una vida llena de dolor y medicamentos. Se que esto no sirve para todo el mundo, es tan solo mi caso particular, pero lo que quiero decir con todo esto es que hay que “apretar” a los médicos, exigir lo que necesitamos, buscarnos la vida y sobre todo entender que los matasanos son personas como nosotros, no son dioses, y muchas veces están vendidos a los intereses de empresas farmacéuticas o simplemente están tan quemados que han perdido la pasión por su trabajo… hay que buscar respuestas aún a riesgo de hacernos pesados o non gratos.

No se si todo esto servirá para alguien, pero ahí lo dejo. Gracias por leer este “tocho”.

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